Jóvenes perpetuas viven en Roma un itinerario espiritual marcado por la profundidad, la libertad y la misión

Entre el 6 y el 10 de abril, un grupo de religiosas jóvenes perpetuas se reunió en Roma para fortalecer su formación y espiritualidad. El encuentro incluyó recorridos por sitios emblemáticos de la tradición cristiana y un análisis de las claves fundamentales de la vida consagrada en el contexto presente.

El itinerario incluyó visitas a espacios de fuerte significado histórico y espiritual como la Abadía de las Tre Fontane, la Basílica de San Clemente, la Escalera Santa y la Archibasílica de San Juan de Letrán, Santa María la Mayor y el Santuario del Santo Spirito in Sassia. Cada uno de estos lugares fue propuesto como una experiencia pedagógica y espiritual que ayudó a las participantes a releer su propia historia a la luz del Evangelio.

En Tre Fontane, lugar vinculado al martirio de san Pablo, las jóvenes reflexionaron sobre el sentido del despojo y la entrega total como fuente de fecundidad misionera. Posteriormente, en la Basílica de San Clemente, descendieron simbólicamente a las “capas” de la propia existencia, reconociendo la acción de Dios en lo profundo de su historia personal.

El recorrido continuó en la Escalera Santa y en San Juan de Letrán, donde se abordó la dimensión de la libertad interior y el proceso de reconciliación personal como camino hacia una vocación más auténtica. En Santa María la Mayor, la mirada se centró en María como modelo de misión vivida desde la sencillez y el cuidado de la vida en lo cotidiano.

Finalmente, el encuentro culminó en el Santuario de la Divina Misericordia, donde las participantes profundizaron en la integración de la vida afectiva y espiritual, comprendiendo el amor de Dios como eje unificador de toda la existencia.

Este encuentro no solo ha sido un espacio de formación, sino una experiencia transformadora que ha permitido a las jóvenes renovar su compromiso vocacional desde una mayor conciencia, libertad interior y apertura a la misión.

El itinerario concluye con una convicción compartida: cuando la experiencia de Dios toca lo más profundo de la persona, la vida se reorganiza y adquiere un nuevo sentido, fortaleciendo así el camino de seguimiento en clave de esperanza y servicio.

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