Jóvenes de Nazaret recorren el Camino de Santiago: una experiencia de encuentro, solidaridad y crecimiento

Del 26 de julio al 2 de agosto, un grupo de jóvenes de Nazaret Colegios Innovadores (España) recorrió el Camino Inglés desde Ferrol hasta Santiago de Compostela, viviendo una experiencia que fue mucho más allá de completar los kilómetros de una peregrinación. El Camino de Santiago se convirtió durante esos días en un espacio de encuentro, amistad, esfuerzo, solidaridad y crecimiento personal.

Acompañados por religiosas de las Misioneras Hijas de la Sagrada Familia de Nazaret, los jóvenes descubrieron, paso a paso, el valor de caminar juntos y de afrontar las dificultades apoyándose unos en otros.

Cada jornada comenzaba temprano. Recoger el saco, preparar la mochila y ponerse de nuevo en marcha formaba parte de una rutina en la que también hubo que aprender a convivir con el cansancio, las ampollas, los kilómetros y las incomodidades de dormir en el suelo.

Pero precisamente en esas dificultades estuvo una parte importante del aprendizaje. El Camino les permitió descubrir que somos capaces de mucho más cuando avanzamos acompañados.

Durante las diferentes etapas del Camino Inglés, entre Ferrol y Santiago de Compostela, surgieron conversaciones, risas, silencios y numerosos gestos de ayuda.

Esperar a quien caminaba más despacio, acompañar a quien estaba cansado o animar cuando comenzaban a faltar las fuerzas permitió que nacieran nuevas amistades y que los jóvenes pudieran conocerse de una manera diferente.

Al finalizar cada etapa también hubo momentos para compartir lo vivido, expresar las dificultades y las alegrías y poner palabras a aquello que cada uno iba descubriendo en su interior.

Esta convivencia fuera de las aulas permitió vivir de una manera especial el espíritu de familia Nazaret, creando espacios de cercanía, acompañamiento y conocimiento mutuo entre los jóvenes y las religiosas que realizaron con ellos la peregrinación.

 

Cada joven caminó por un enfermo del Cottolengo

La experiencia tuvo además un profundo componente solidario. Cada joven realizó el Camino de Santiago por un enfermo del Cottolengo al que previamente había apadrinado.

Durante toda la peregrinación, el nombre de esa persona estuvo presente, dando un significado especial al esfuerzo de cada jornada y a cada kilómetro recorrido.

Al regresar, el grupo volvió al Cottolengo para entregar sus credenciales. Cada uno de los sellos acumulados durante el Camino representaba una etapa superada y muchos kilómetros recorridos pensando en las personas que habían acompañado simbólicamente su peregrinación.

Fue una forma sencilla y significativa de expresarles que aquel Camino también había sido suyo.

Las Misioneras de Nazaret agradecen especialmente a las religiosas del Cottolengo por abrir sus puertas, acoger al grupo con cariño y permitir vivir una experiencia de encuentro que dio todavía más sentido a la peregrinación.

A lo largo de los días, los jóvenes y religiosas encontraron también la generosidad de numerosas personas que hicieron posible la experiencia.

Los responsables de los diferentes pueblos por los que pasó el grupo facilitaron lugares donde dormir y ofrecieron su cercanía y disponibilidad.

Entre esos gestos destacó especialmente el del alcalde de Neda, que abrió las puertas de su propia casa para que el grupo pudiera pasar la noche. En un momento especialmente difícil para el pueblo, su acogida se convirtió en un testimonio de cómo la generosidad puede estar por encima de las circunstancias.

El grupo agradece también a M. Anna Vilaró, quien preparó este Camino con dedicación y cariño.

 

Santiago de Compostela: una meta que va más allá de llegar

La llegada a la Plaza del Obradoiro, en Santiago de Compostela, permitió comprender que alcanzar Santiago era solamente una parte de la meta.

Lo verdaderamente importante había sucedido durante el Camino: en las personas encontradas, las nuevas amistades, el esfuerzo compartido, la solidaridad, las conversaciones y todos aquellos pequeños gestos que hicieron posible seguir avanzando.

Para las religiosas que acompañaron al grupo, estos días fueron también un regalo y una oportunidad para conocer a los jóvenes desde una perspectiva diferente a la del aula, compartir sus inquietudes y dejarse sorprender mutuamente.

La experiencia del Camino de Santiago se convirtió así en una forma concreta de vivir el espíritu de familia de las Misioneras Hijas de la Sagrada Familia de Nazaret: caminar juntos, acompañarse y descubrir que cada encuentro puede transformar el recorrido.

Como escribió Antonio Machado, «Caminante, no hay camino, se hace camino al andar».

Y eso es precisamente lo vivido por los jóvenes de Nazaret: un Camino construido paso a paso y, sobre todo, un Camino hecho juntos y con otros.

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